30 sept. 2009

Engaños colaterales

Fabrizio Aguilar tuvo un interesante debut como director de cine con Paloma de papel, en la que un niño pobre de la sierra peruana era reclutado por el grupo terrorista Sendero Luminoso. En su segunda película, Tarata, vuelve a sumergirse en la época en la que el terrorismo desangró nuestro país, pero ésta vez opta por la perspectiva de una familia limeña.

En 1992 cuando el terrorismo ya había sembrado el caos en el interior del país, Lima recién sintió el impacto cuando comenzaron los atentados en la propia capital. El más emblemático, quizás, fue el de la calle Tarata en Miraflores. La película de Aguilar no pretende ser un documento histórico que exponga cómo se planeó el atentado ni profundiza en el retrato de las víctimas que fallecieron ahí.

Por el contrario, esta cinta utiliza como pretexto el atentado para mostrarnos la mirada de una familia de clase media respecto a la convulsionada época de los noventa en el Perú. Daniel (Miguel Iza) es un contador que trabaja en la universidad de San Marcos y que está obsesionado con descifrar los mensajes que dejan los terroristas en las paredes. Su esposa Claudia (Gisela Valcárcel) es un ama de casa frustrada que siempre soñó con poner su poner su peluquería y que se siente por encima de los demás. Completan el cuadro familiar Elías (Ricardo Ota), un niño que sabe explicar muy bien el funcionamiento de los coches-bomba y que tiene una lista de cosas por hacer en caso de un atentado y Sofi (Silvana Cañote), una adolescente inconforme y rebelde que pasa horas en el techo planeando cómo fugarse.

La cinta nos conecta rápidamente con esa época y recrea adecuadamente episodios como los cortes de electricidad y los juegos que los niños improvisaban durante los apagones, las aspas de cinta adhesiva que se colocaban en las ventanas y los toques de queda que servían de excusa para encerrarse en casa a armar grandes fiestas toda la noche.

Sin embargo, el argumento tiene algunos puntos flojos que desarman el interés inicial que genera la cinta. Por ejemplo, el personaje de Daniel representa un caso de ingenuidad crónica (¿o de inconsistencia argumental?). A él le parece inofensivo llevar a todas partes un cuaderno en el que apunta todos los símbolos de la ideología de Sendero Luminoso, supuestamente con el afán de interpretar estos mensajes. No hay que ser adivino para imaginar las consecuencias de su imprudencia.

No dudo que Fabrizio Aguilar ha tenido las mejores intenciones al filmar Tarata. Aplaudo su decisión de denunciar las detenciones y desapariciones de gente inocente durante esa época de paranoia, pero la exposición de estos hechos se da de manera tan superficial que no llega a convencer ni generar la suficiente tensión. De haber profundizado en esos temas, hubiera tenido un combustible dramático ideal para sacar a sus personajes del letargo.

Es evidente que Gisela Valcárcel no pasó el casting por sus dotes histriónicas, sino por la estrategia comercial de usar su popularidad como conductora de televisión. Si bien es cierto que no hace un completo papelón, sí se evidencia su falta de experiencia actoral cuando grita más de la cuenta. Un actor como Miguel Iza, que ha brillado en otros papeles, ahora es un títere que luce confundido todo el tiempo. Mucho mejor está la experimentada Liliana Trujillo, quien en el papel de la empleada Rosa logra transmitirnos su angustia y desesperación.

Tarata pudo ser una gran película. Paradójicamente, el retrato de esta familia indiferente a las tragedias del terrorismo termina dejándonos indiferentes hacia la apatía e ingenuidad de los personajes.

Título original: Tarata
País y Año: Perú, 2009
Director: Fabrizio Aguilar
Actores: Gisela Valcárcel, Miguel Iza, Liliana Trujillo, Lorena Caravedo, Ricardo Ota, Silvana Cañote.
Calificación: ** 1/2

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